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Chico conoce Chica, Chico tiene un nombre y Chica no. Chico es alto, fuerte, guapo e inteligente; ella alegre, dulce, coqueta y bella. Chico tiene un trabajo: Príncipe, Chica no, Chica limpia suelos a cambio de un viejo colchón. Pero Chico conoce Chica y surge algo que se llama Amor. Eso que todos y todas conocen pero que nadie sabe definir con exactitud.

 

Y el amor trae fuegos artificiales, cientos de poéticos whatsapps, celos, exclusividad, mariposas estomacales y un raudal de emociones que llevan a chica a que se sienta la más afortunada del mundo, porque por fin, su vida tiene sentido: Él y el Amor.

 
Y ya no importan los suelos, su propio nombre o el viejo colchón. Porque él la ha salvado de su opaca y mísera vida, dotándola de todo eso que le fue arrebatado al nacer mujer: Autoestima, Seguridad y Sentido. Porque eso de la libertad y la independencia no resulta prioritario cuando creces como Chica, resultan secundarios cuando el Objetivo, el máximo Objetivo Vital no se ve alcanzado, que resulta precisamente el conseguir al Príncipe, el fusionarse con éste y en experimentar una romántica y apasionada historia que acabe en un altar, con varios churumbeles y muchos domingos en el parque.

 
 

blancanievesFotografía: Dina Goldstein

 
 

Este relato, que parece anticuado y exagerado, resulta ser por desgracia el centro de muchas narrativas actuales y no sólo de las que consumimos en películas, canciones, libros, videoclips, series u obras de teatro, sino de aquellas que nos contamos interiormente. Desde diversos contextos y a través del proceso de socialización hemos interiorizado un sinfín de creencias y mitos que perpetúan la desigualdad estructural entre hombres y mujeres, fomentando la violencia de género en todas sus formas (psicológica, ambiental, económica, sexual y física) y sometiendo a las mujeres en todos los países del mundo. Entre este peligroso caldo de cultivo, nos encontramos con el Amor Romántico.

 

¿Qué es el amor romántico? Coral Herrrera, Doctora en humanidades y experta en Teoría de Género y Teoría de la Comunicación Audiovisual, lo define de la siguiente manera: “El amor romántico es un producto mítico que posee por un lado, una base sociobiológica que se sustenta en las relaciones afectivas y eróticas entre humanos, y por otro, una dimensión cultural que tiene unas implicaciones políticas y económicas, dado que lo que se supone un sentimiento individual, en realidad influye, conforma y modela las estructuras organizativas colectivas humanas.”

 

Nuestra forma de querer, pues, no es aleatoria ni individual, se ve sujeta a un momento histórico, a una cultura determinada y a una serie de mandatos de género. El modelo del amor ha ido mutando a lo largo de la historia (Amor cristiano, cortés, burgués, victoriano…) llegando a lo que hoy consideramos amor romántico, que surgió en el siglo XVIII y que resulta tener unas características comunes y cada vez más globalizadas: Inicio súbito, sacrificio por el otro, fusión con el otro, expectativas mágicas, vivir en una simbiosis formando un todo indisoluble, depender de la otra persona y adaptarse a ella, perdonar y justificar todo en nombre del amor, idealización del otro, compartirlo todo, prestar atención y vigilar cualquier señal de altibajos en el interés o el amor de la otra persona, sentir que cualquier sacrificio es positivo si se hace por amor.

 

Estas características se fundamentan en una serie de mitos, que son tal y como las define Nuria Varela, periodista y experta en violencia de género, creencias formuladas de tal manera que parecen verdades absolutas e incuestionables. El mito de la media naranja nos dice que hay una única persona predestinada para nosotrxs; el de los celos que estos resultan un requisito indispensable para el amor; el de la exclusividad que no podemos enamorarnos de dos o más personas a la vez; el mito de la omnipotencia que el amor verdadero puede contra cualquier obstáculo y el del libre albedrío que los sentimientos amorosos son íntimos y nos están mediados por construcciones sociales. Éste último resulta interesante porque resulta la clave para comprender el por qué no nos cuestionamos el amor de la misma forma que nos cuestionamos muchas otras cosas de nuestra cotidianeidad que tienen menor peso o importancia.

 

Leyendo algunos de estos elementos prototípicos y mitos podemos hacernos a la idea de cuan peligroso puede resultar este modelo hegemónico de amar, y sobre todo, qué terribles consecuencias puede tener para las mujeres. Porque, si sin celos no hay amor y los celos implican control, puedo legitimar un comportamiento violento sin siquiera percatarme de que lo es; si el amor implica fusión con el otro, me puedo ver obligada a prescindir de mi autonomía y de mi individualidad por estar con el otro; si hacer cualquier sacrificio por amor es naturalizado, puedo llegar a aferrarme a situaciones de maltrato, abuso y explotación atendiendo al mandato en cuestión; si depender de la otra persona es una acción normalizada, puedo acabar aislándome y olvidándome de mí como individuo o aferrarme a una relación tóxica por miedo a la soledad. Además, en el caso de las mujeres, tal y como señala Coral Herrera, este tipo de “amor” cuando nos llega, nos dignifica, nos hace mujeres de verdad, dándonos sentido y estatus, pues implica además de amor, la salvación. Se convierte pues, en una utopía emocional colectiva, un estilo de vida, una amalgama de sentimientos y sobre todo, un anestesiante y una herramienta de control social para controlar y someter a las mujeres.

 
 

cenicientaFotografía: Dina Goldstein

 
 

Ante esta realidad social, puede surgirnos un fuerte sentimiento de desolación e impotencia, pero ¿Hay algo que podamos hacer para construir relaciones igualitarias y deshacernos de todos los mitos que tejen nuestras relaciones? La respuesta es sí, podemos y debemos realizar un cambio cultural y sentimental para crear relaciones tiernas, horizontales y libres. Lo podemos realizar a través de diversas herramientas, entre las que destacaría las siguientes: Análisis y visión crítica del amor; abandono del pensamiento mágico; consciencia, deconstrucción y autoconocimiento; creación de pactos y acuerdos en las relaciones y especialmente, una nueva educación sentimental, en la que se empodere a las mujeres y se enseñe nuevas estrategias a los hombres que prevengan comportamientos posesivos y violentos. De esta forma, podríamos construir relaciones en las que en lugar de someternos, nos ayudaran a enriquecernos y amarnos, pero no locamente y ciegamente, sino cuerdamente y con los ojos bien abiertos. Amémonos mucho, pero hagámoslo siempre con cabeza y con libertad.

 

 

 


Sara Villar.
Psicóloga.


 
 

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