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Albán del Pino, técnico de proyectos de Mundo Cooperante, nos habla hoy de la Mutilación Genital Femenina (MGF), una terrible práctica que ya han sufrido entre 100 y 140 millones de mujeres y que amenaza las vidas de tres millones de niñas más cada año en todo el mundo. Reflexionamos sobre un problema global de derechos humanos que no conoce fronteras y que hunde sus raíces en la desigualdad, la discriminación y la violencia de género.

 
 

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En aquellos contextos sociales en los que las familias se ven sumidas en la extrema pobreza, viviendo cada día al límite de sus recursos, la desigualdad de derechos entre hombres y mujeres se manifiesta en su totalidad y con toda crudeza. Los hijos varones siempre están antes, para todo, sencillamente porque el valor social de las niñas se considera mucho menor. Esta discriminación se impone y se mantiene por exclusión, pero también a través de múltiples formas de violencia. Entre ellas, sin duda una de las peores que cualquiera pueda imaginar es la Mutilación Genital Femenina (MGF).

 

Cuando desde la perspectiva de una ONG hablamos sobre Mutilación Genital Femenina, nos hemos dado cuenta de que para mucha gente es necesario superar ese tipo de barreras mentales, emocionales, que sólo nos dejan ver algunas cosas como si fueran ajenas o irreales. Y es que, en efecto, se trata de una práctica tan terrible que no resulta fácil hablar de ella sin herir sensibilidades.

 

Sin embargo, es imprescindible. Hay que insistir en recordar que la MGF es una práctica que llevan a cabo muchos colectivos en nombre de un ritual o una tradición social. Que ha truncado las vidas de cientos de millones de mujeres y que se cierne, como la peor de las amenazas, sobre más de tres millones de niñas cada año en todo el mundo. Una violación de los derechos humanos que, en nuestra realidad global, ya no conoce fronteras.

 

Y hay que explicar las veces que haga falta que las víctimas padecen un sufrimiento enorme. Un dolor insoportable con riesgo de muerte, además de unas consecuencias físicas y psicológicas que les acompañaran el resto de sus vidas, tales como hemorragias, infecciones, incontinencia, fístulas, serias dificultades durante el parto, traumas psicológicos, depresión, ansiedad…

 

Sobre este tema hay preguntas muy lógicas que a todos nos asaltan de inmediato: ¿Cuál es la razón por la que algo tan brutal como innecesario se lleva a cabo? ¿Cómo es posible que, como sabemos, muchas madres y abuelas que han padecido ese sufrimiento quieran que sus hijas y nietas pasen también por ello? Las raíces sociológicas que explican la MGF son diversas y complejas. Se pierden en la historia de los ritos ancestrales y las supersticiones y beben del desconocimiento y la ignorancia. Pero siempre, allí donde someterse a ella es un mandato, la MGF determina el futuro de una niña o una mujer en su sociedad.

 

Sabemos que en muchos casos está relacionada con convicciones sobre un supuesto valor de la pureza, la belleza o la castidad de la mujer. En otros llega a creerse algo tan contradictorio como que es necesaria para facilitar el parto y garantizar la salud de los recién nacidos, mientras que hay comunidades que piensan que con ella están cumpliendo los dictados de su propia identidad cultural o de la religión.

 

Negarse a ella, rebelarse, es exponerse al rechazo social de la comunidad a la que perteneces. Por eso, es al buscar la razón subyacente que la explica cuando descubrimos algo muy simple: la MGF es la expresión misma de la voluntad de controlar la sexualidad y las vidas de las mujeres, perpetuando así la situación de privilegio en la que viven los hombres.

 

Frente a este modelo patriarcal, hay organizaciones sociales luchando desde la base, a pie de calle, por salvar vidas. Pero también por generar un cambio, aquel que nos lleve a un mundo distinto. Mundo Cooperante comenzó a trabajar con dos de ellas hace ya diez años. Son las organizaciones Tasaru Ntomonok y NAFGEM, nuestras aliadas en Kenia y en Tanzania, con las que en una labor conjunta hemos ofrecido protección y oportunidades a cientos de niñas y mujeres de la etnia masai. Durante este tiempo, el descenso en los indicadores de incidencia de la MGF en estos dos países, situados ya entre los más bajos del mundo, nos hace albergar esperanzas frente a lo que, sin embargo aún hoy, es un enorme desafío.

 
 

grafico-unicefFuente: UNICEF

 
 

Lo que es seguro es que desde que pusimos rostro a esta realidad en Kenia, allá por el año 2006, nuestro compromiso de sumar esfuerzos al movimiento mundial que tarde o temprano va a erradicar la Mutilación Genital Femenina en todas partes y para siempre es firme.
 
 

stop-mgfwww.mundocooperante.org/pulseras

 

 

 


Albán del Pino
Técnico de proyectos de Mundo Cooperante.


 
 

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